La UMA relaciona los brotes de ébola con oscilaciones del clima que podrían anticipar el riesgo
Los autores calculan un margen de seis a 12 meses y lo plantean como herramienta de vigilancia, aunque su capacidad de anticipación es todavía limitada
Los brotes de ébola no aparecen al azar en el tiempo: su aparición está relacionada con grandes patrones climáticos, algunos de ellos originados a miles de kilómetros de África Central. Es la conclusión de un estudio liderado por la Universidad de Málaga (UMA), que propone usar esas señales como pista para anticipar dónde y cuándo aumenta el riesgo de la enfermedad.
Según ha informado la UMA en un comunicado, en el trabajo han participado también el Instituto Español de Oceanografía, la Universidad Metropolitana de Manchester y el Centro para la Investigación Forestal Internacional. Lo ha publicado la revista científica «Stochastic Environmental Research and Risk Assessment», de la editorial Springer Nature. Los investigadores llaman a estos vínculos «teleconexiones climáticas»: relaciones entre el clima de una región y lo que ocurre en otra muy alejada.
49 brotes y cuatro señales
El equipo ha reunido datos de 49 brotes registrados en África entre 1976 y 2025 y los ha comparado con 26 índices de oscilación climática, que siguen variaciones del clima a gran escala, como la temperatura del mar o los vientos. Con los datos hasta 2018 construyó los modelos, y reservó los años 2019 a 2025 para comprobar si podían anticipar nuevos brotes.
Cuatro índices aparecieron especialmente relacionados con la distribución de los brotes: la temperatura superficial del mar del Caribe, el dipolo del océano Índico, la oscilación cuasibienal de los vientos estratosféricos y la oscilación decadal del Pacífico. Esta última fue la señal que apareció con más frecuencia y, por tanto, el factor macroclimático más importante del modelo.
«La interpretación que proponemos es que estas grandes oscilaciones modifican patrones meteorológicos, por ejemplo, las precipitaciones en el continente africano y, a través de ellos, se pueden alterar condiciones ecológicas que favorecen la aparición de brotes», ha explicado el catedrático de Zoología de la UMA Raimundo Real, uno de los autores.
Otro de los firmantes, Jesús Olivero, catedrático de la UMA especializado en Biogeografía y Macroecología, ha aclarado que eso no significa que estos indicadores remotos causen directamente el ébola, sino que pueden actuar «como pista anticipatoria de condiciones ambientales más próximas al fenómeno biológico».
Una alerta con meses de margen
Los investigadores estiman que la «ventana útil» de estas oscilaciones sería de seis a 12 meses antes de un posible brote. Por eso consideran que su capacidad de anticipación «es aún limitada» y que hay que seguir trabajando «para poder considerarlas un sistema predictivo autónomo». Lo plantean como un primer avance en vigilancia epidemiológica: una forma de señalar periodos y lugares que merecen más atención y de activar medidas de preparación cuando el clima indique un aumento del riesgo.
Su aspiración, según han explicado, es construir un «observatorio» que emita predicciones de riesgo actualizadas a partir de la fauna, la deforestación, el macroclima y la meteorología local.
El estudio llega con una epidemia en curso en la República Democrática del Congo. Según el último informe de su Instituto Nacional de Salud Pública que recoge la UMA, con datos hasta el 26 de septiembre, el brote, que comenzó en mayo, suma más de 8.000 infecciones confirmadas, con 3.901 fallecimientos y una letalidad cercana al 50%.
Más de una década con el ébola
El ébola es una enfermedad zoonótica, es decir, transmitida al ser humano por animales. Cuando llegó la epidemia de 2014, estos investigadores llevaban tiempo estudiando la fauna centroafricana y cómo interactúa con ella el ser humano a través de la caza, y como esa fauna forma parte del ciclo del virus, decidieron aplicar lo aprendido a la enfermedad.
El grupo, del que forman parte también Miguel Ángel Farfán y Ana L. Márquez, de la Facultad de Ciencias, lleva más de una década estudiando la distribución del ébola en África. El trabajo se enmarca en el proyecto «Patogeografía espacio-temporal de las zoonosis mediadas por vertebrados voladores», cofinanciado con fondos europeos Feder, y en otro de la UMA financiado por la Junta de Andalucía y Feder.
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